El «buenismo» que te intoxica

“A la mierda ser buena. Estoy harta del “buenismo” del que llevo años intoxicándome”.

Me lo decía entre risas una chica con la que conversaba hace poco.  Me hizo gracia la expresión, y es la que hoy me hace reflexionar sobre ella.

Estamos en medio de muchas pandemias pero creo que una de las más extendidas y reconocidas en los últimos tiempos, – al menos para muchas de nosotras – es la de la «niña buena»: esa figura complaciente y no demasiado ruidosa que, en alguna medida, todas llevamos dentro. No importa nuestra apariencia o personalidad; he visto a mujeres fuertes y exitosas, independientes y aparentemente seguras de sí mismas, confesar la dificultad que tienen para aceptar sus emociones, para mostrar su vulnerabilidad, para dejar de complacer a los demás sin sentirse culpables. Buscan inconscientemente asegurar que las quieran y las acepten.

Es una carga que aún llevamos, y seguramente tardará unas cuantas generaciones en liberarse del todo, en sanarse.

Las mujeres venimos de un legado de cuidados y sacrificios, de asegurar la paz en el hogar, de callar nuestras necesidades y renunciar a partes de nosotras mismas para proteger el bienestar de otros.

Se nos ha enseñado a no expresar abiertamente nuestras opiniones, a hablar en voz baja, «cuchicheando» en silencio, porque nuestra voz, durante generaciones, no fue aceptada socialmente.

Nos han etiquetado de «histéricas» o «exageradas» cada vez que nuestras emociones se precipitan y se desbordan. Un desborde que está muy relacionado con la contención y la represión de la que venimos.

Hay aún mucho pasado en nuestro presente. No aceptar nuestras emociones, esconderlas, no escuchar ni atender nuestras necesidades, jugar a ser super heroínas, atender a otros antes que a nosotras mismas es perpetuar esa represión.

Yo ya no resueno ni con el enfado ni con la protesta. Mi intención con este escrito es comunicarme desde otro lugar, uno que pueda ayudarte a ser más consciente: de cada vez que reprimes tus emociones, tus necesidades; de cada vez que sacrificas tu verdadera esencia. Porque ese sacrificio no solo afecta tu salud mental, sino también tu bienestar físico y tu equilibrio interno.

Liberarse de ello no significa luchar contra lo que sientes o rechazar tu necesidad de ser amable y buena. No se trata de oponerse, sino de observar, aceptar, y ser compasivas con ese “buenismo” para ir soltándolo poco a poco.

Liberarnos a nosotras y liberar a las generaciones que nos suceden, un trabajo en el que muchas estamos.