Cuando el trabajo personal  se confunde con el egoísmo

 Soledad, aislamiento, suicidios adolescentes, personas mayores que envejecen y mueren solas, tecnología, redes sociales, máscaras. Parece que vivimos un momento en el que una parte de la sociedad grita D-E-S-C-O-N-E-X-I-Ó-N.

Esto lo comentábamos el otro día con un grupo de amigas. Una de ellas decía que todo esto del “trabajo personal” estaba bien, pero que la gente se estaba volviendo muy egoísta porque solo piensa en “su bienestar, en estar bien” y ya está. Que cada vez existe menos sentido de comunidad, menos espíritu de tribu, y que todo se lleva a lo individual. Y ante ese comentario, aunque le doy parte de razón, también pienso —porque no es la primera vez que lo escucho— que todavía hay quienes no comprenden la relación directa entre estar bien y conectado contigo mismo, y la capacidad de conectarte auténticamente con los demás.

Estamos en una especie de transición espiritual. Hemos pasado de una tradición cristiana centrada más en el otro, donde se enfatizaba la ayuda al prójimo, el sacrificio personal y la entrega a los demás como caminos hacia la felicidad y la salvación, a una neoespiritualidad más enfocada en uno mismo: centrada en revisar la propia historia, los traumas, los miedos y los temas que cada uno lleva consigo supuestamente sin poner tanto émfasi a lo que le pasa al otro. Los que como decía mi amiga refiriéndose a una persona “¡es que solo piensa en ella!”. Como en todo cambio, hay quienes, por rechazo a una mirada, se van al extremo contrario. Para mí, como casi siempre, existe un punto medio.

Pensar en ti, en tu bienestar, tratarte y hablarte con respeto, cuidarte, poner límites y darte amor no es un acto egoísta hacia los demás, sino precisamente lo contrario. Una persona que se trata con respeto desde el amor podrá, de forma natural y espontánea, tratar y respetar mejor a los demás. Una persona que se escucha de verdad tendrá mucha más facilidad para escuchar profundamente a quienes la rodean. Esto se evidencia especialmente en las relaciones más cercanas, como la pareja y los hijos.

Para darme amor es necesario mirarme y hacerme responsable de mí: de mis actos, mis palabras, de cómo me trato y trato a quienes me rodean y de mis decisiones que son constantes. Me hago responsable también cuando me observo con honestidad y, en esa observación, trato de poner amor y compasión ante mis emociones, mis defectos y mis supuestos fallos.

Si lo miramos desde el punto de vista energético, cuando lo hago, irradio luz allá donde voy. No porque mi ego quiera imponerla- el ego poca luz irradia- sino porque surge de manera espontánea. Mi presencia puede movilizar a los demás cuando vibro más en amor: entonces no quito energía, la doy. Esa vibración me impulsa a conectarme, a cuidarme, a respetar mis espacios, a ser menos exigente conmigo misma. Eso me permite ser más empática, ver el dolor ajeno, ser compasiva y respetuosa con él, no invadir espacios que no me pertenecen, no responsabilizarme de lo que no me corresponde. No por egoísmo, sino por respeto, que es AMOR.

Cuando no caminamos en esa dirección, el supuesto “trabajo interior” puede estar mal orientado y, detrás de una apariencia de espiritualidad con uno mismo/a o mirada interna, puede haber mucho autoengaño que nos lleva a caer fácilmente en el egoísmo.

Sé que la mejor forma de ayudar y conectar es ayudándome y conectándome yo primero conmigo misma desde el amor y desde la honestidad. Ese es el mayor acto de amor y conexión que puedo dar y que puedo darme.

Te deseo un 2026 lleno de  CONEXIÓN:)