El fin de los gurús

“He aprendido que no hay gurús ni maestros, porque toda la verdad está en mí, aunque no siempre sepa escucharla”.

Esta frase la escribí en un texto titulado “El aprendizaje”, incluido en mi libro “La libertad nace en mi interior”. Lo escribí pensando en mi experiencia haciendo el profesorado de Yoga en la India donde me chirrriaba mucho la figura del gurú, también viendo a muchos supuestos maestros espirutales cargados de ego y necesidad de ser vistos y reconocidos . Y ahora el reciente caso de Deepak Chopra en los Epstein Files, que ha sido una enorme desilusión para mucho/as, la ha vuelto a traer a mi mente.

Hace poco leía que cuando una persona espiritual o “despierta” se convierte en una marca, eso suele ser una bandera roja e indicar que su sombra o su ego va por delante. Cuando alguien deja de caminar entre iguales y pasa a ocupar un pedestal, algo empieza a desequilibrarse.

Chopra no solo se ha hecho famoso por su conocimiento, su sabiduría y su capacidad para divulgar y moverse en entornos que le han beneficiado, así como por su deseo de dinero y fama, sino también por la necesidad constante que muchas personas tienen de relegar su espiritualidad en otros a quienes consideran más sabios, educados, cultos, espirituales, buenos, compasivos o inteligentes. Seres idealizados hasta tal punto que, en algún momento, dejan de ser humanos en el imaginario colectivo. El riesgo es que la idealización nos vuelve ciego/as: cuanto más alto colocamos a alguien, menos lo observamos de verdad.

La necesidad del ser humano de delegar la espiritualidad en otros es histórica. De ahí han surgido figuras de poder e influencia que, aunque hayan tenido acceso a mucha sabiduría, en muchos casos eso no los ha hecho mejor personas. Al contrario, a menudo se han aprovechado de ese saber y esa posición en su propio beneficio sin tener en cuenta a los demás.

El chamanismo me ha enseñado que hay mucho conocimiento y mucha sabiduría en cada uno y cada una de nosotras, mucho más de lo que ni siquiera somos conscientes. Pero, sobre todo, me ha enseñado a confiar más en mi voz interior y a valorarla. Y eso no me hace ni mejor ni más sabia que otros; al contrario, me hace más humana. Porque he aprendido que a esa escucha podemos acceder todas las personas, y que lo verdaderamente importante es qué hacemos con ella, cuánta responsabilidad asumimos y cuánta coherencia hay entre lo que sentimos, lo que decimos y cómo actuamos.

Esa responsabilidad nace de la humildad, una de las virtudes que más admiro en otras personas y que, para mí, es imprescindible, porque es la que me permite confiar. Una humildad que primero intento sostener en mí y que, al mismo tiempo, me permite reconocer al otro sin idealizarlo, sin colocarlo por encima, sin entregarle poder sobre mí.

La humildad permite acceder al saber sin imposición, sin poder ni jerarquía. Permite caminar junto a otros sin situarse ni por encima ni por debajo, asumiendo que estamos en continuo aprendizaje y que tenemos derecho a equivocarnos y a rectificar. Y, sobre todo, nos recuerda algo esencial: que la persona a la que escuchamos no debe sustituir nuestra voz, sino ayudarnos a escucharla mejor. Que no debe decirnos quiénes somos ni cuál es la verdad, sino a acompañarnos a recordarlo por nosotras mismo/as.

Por eso, quizá la reflexión no sea únicamente qué hizo o dejó de hacer Chopra, ni cuánta coherencia hubo —o no— entre su discurso y su actuación, sino qué buscamos nosotras cuando entregamos nuestra confianza ciega. Qué ocurre cuando colocamos a otros en el lugar de gurús y cedemos nuestra propia capacidad de discernir a cambio de respuestas “seguras”, mensajes claros o verdades absolutas que vienen de fuera y no de dentro.

Y desde ahí te invito a que, cuando escuches a alguien que admiras o sigues, te detengas un momento y te preguntes:

¿Lo que me dice me devuelve a mí o me aleja de mí?

¿Me hace más responsable o más dependiente?

¿Hay coherencia entre sus palabras y su forma de vivir?

¿Habla desde la experiencia humana o desde un lugar elevado e intocable?