Utilizo mucho la expresión “estar ubicado”. Para mí es una de las claves más importantes en la vida, porque cuando una persona sabe ubicarse sabe mejor sabe cuál es su lugar… y también cuál no lo es. Como siempre, vivimos en un mundo dual: hay personas que saben estar en su sitio y otras que viven completamente desubicadas.
Una persona desubicada no reconoce sus propios límites ni respeta los de los demás. Son personas que invaden, que se entrometen, que abusan emocionalmente o incluso físicamente, que creen tener derecho a opinar, decidir o actuar donde no les corresponde. Pueden experimentar ansiedad cuando no tienen injerencia sobre los demás o cuando no son necesarios.Por otro lado, están las personas que se dejan invadir, les cuesta decir que no, priorizarse o marcar límites claros por miedo al conflicto, al rechazo o a la pérdida del vínculo.
Una persona ubicada, en cambio, ha comprendido cuál es su lugar. Y ese lugar es aquel donde puede sentirse en paz y en libertad. No es una libertad caprichosa, de hacer lo que a uno le da la gana, sino una libertad que nace de la responsabilidad personal. Cuando alguien se hace responsable de sí mismo, deja también que los demás lo hagan. No invade ni se deja invadir y si lo hace en algún momento, se da cuenta para poder rectificar. Tiende la mano sin permitir que le tomen el brazo.
El caso de Blanca
Blanca es la hermana mayor de cuatro. También es esposa y madre de tres hijos. Inteligente, resolutiva y responsable, siempre ha sido “la fuerte” de la familia. Sus padres confían en ella, sus hermanos acuden a ella, y poco a poco va asumiendo un rol de responsabilidad a través de la cual se siente validada.
Ayuda en los negocios familiares, gestiona los conflictos emocionales de sus hermanos, sostiene su hogar y además ocupa un cargo de responsabilidad laboral. Hace tiempo que no se siente bien. Está agotada, desbordada, y empieza a sentir que está fallando como madre.
Pero en su mente aparece una pregunta constante: si yo no me hago cargo, ¿quién lo hará?
Blanca, desde un amor mal entendido, invade el espacio de los demás. No permite que fallen, que se equivoquen, que aprendan. Se responsabiliza de lo que no le corresponde y, sin darse cuenta, invalida a quienes ama y se abandona a sí misma llegando a la extenuación y el desbordamiento. No está ocupando su lugar: no es la madre de sus padres, ni la salvadora de sus hermanos. No está bien ubicada en su rol de hija, hermana, esposa y madre.
El caso de Mateo
Mateo es el hijo mayor. Siempre ha sido bueno, obediente y complaciente. Tiene una madre sobreprotectora y controladora, y él ha aprendido a no contrariarla.
Se casa y tiene un hijo. Su madre, deseosa de estar presente, aparece constantemente en su casa. Entra, opina, decide. Gemma, su esposa, un día estalla: no puede más. No quiere que su suegra entre y salga cuando le de la gana.
Mateo intenta mediar, hablar con su madre, pero ella no escucha. “Es mi nieto y tengo derecho”, repite. Así se instala un conflicto silencioso entre suegra y nuera, mientras Mateo queda atrapado entre las dos intentando agradar a ambas partes.
A Mateo le cuesta ubicarse. No ha asumido plenamente su lugar como marido y padre. Sigue actuando como hijo antes que como adulto responsable de su propia familia. Y mientras no se posicione, el conflicto seguirá manteniéndose.
El caso de Carla
Carla es profesora y acaba de incorporarse a una nueva escuela. Desde el primer momento, un pequeño grupo de compañeras la ignora y la excluye. Tal vez la ven como una amenaza, quizá como una competencia. Sin conocerla, la perciben débil y vulnerable: es su primer trabajo, está insegura y eso se huele.
Esa inseguridad se convierte en el caldo de cultivo perfecto para el abuso. Empiezan a decirle lo que debe hacer, a corregirla sin que ella lo pida, a ignorarla. Un día incluso una le da una palmada en el trasero y le grita: “¡Espabila!”.
Lo que ejercen sobre Carla es violencia: psicológica y también física. Están invadiendo su espacio. Y Carla, por miedo y falta de confianza, no logra poner límites ni posicionarse con firmeza. Finalmente acude a dirección y solicita que la separen de esas personas. Con el tiempo encuentra un entorno más sano, compañeros con los que se siente respetada, y poco a poco recupera su seguridad. Cuando Carla se ubica, cuando empieza a ocupar su lugar, los ataques cesan.
Reflexión final
Estar ubicado no es una cuestión de carácter, sino de consciencia.
Es saber hasta dónde llego yo y dónde empiezas tú.
Es respetarme lo suficiente como para no invadir… ni permitir que me invadan.
Cuando una persona ocupa su lugar, deja de vivir a través de los demás y empieza a vivir desde la responsabilidad. Eso facilita que las relaciones se ordenen, los conflictos disminuyan y la vida se vuelva más liviana.
Porque ubicarse no es fácil y requiere trabajo y mucha mirada interna. Es comprender que el cambio es constante y que, en cada momento, puedo observarme y preguntarme:¿Estoy en el lugar que me corresponde? Y si me observo con honestidad y hago el trabajo, siempre tendré la posibilidad de volver a mí, recolocarme, establecer los límites que necesito y regresar a ese espacio interno donde hay mayor seguridad, coherencia y paz.
¿Reconoces cuándo otros invaden tu espacio y cuándo eres tú quien cruza límites?
¿Qué emociones aparecen en ti cuando eso sucede?
¿Estás habitando tu lugar… o viviendo desde un lugar que no te corresponde?