Escucha tu voz para no perderte en la de otro/as

No tengo ni idea de astrología, pero últimamente me gusta seguirla y escucharla. Hay quienes la tildan de mentira o de farsa, y otros la viven casi como una biblia. Una vez más, yo intento acercarme a ella con el corazón abierto, dejándome sentir lo que me llega y lo que no.

Hace poco consulté, de manera informal y con curiosidad divertida, a una persona que parecía saber bastante de astrología sobre mi carta astral. Al ver mi ascendente, que es Escorpio, me dijo con mucha rotundidad que tenía que tener sí o sí un lado oscuro. Lo escuché contrariada, no voy a engañar, primero por su forma de decirlo y segundo,  porque con todas mis virtudes y mis defectos, esa sentencia no encajaba conmigo. Después de meditarlo, comprendí que esa “oscuridad” a la que se refería no era más que un interés y capacidad para percibir lo que no es evidente, para intuir lo que se esconde bajo la superficie, que está claramente en mí.

Aun así, aquella conversación me dejó pensando en lo fácil que es emitir juicios sobre los demás y en lo delicado que puede resultar hacerlo, sobre todo cuando la otra persona atraviesa un momento de vulnerabilidad emocional. Si ese comentario me hubiera llegado años atrás, probablemente me habría afectado mucho más. En una etapa de mayor inseguridad, una afirmación así podría haber sembrado dudas, alimentado miedos o debilitado mi confianza.

De ahí nace una reflexión importante: la necesidad de fortalecer la seguridad en uno/a mismo/a. Solo desde ahí es posible abrirse a nuevas ideas, escuchar opiniones distintas y explorar otras miradas sin perder el propio centro. Escuchar no significa aceptar todo; implica discernir qué resuena contigo y qué no.

Esto sucede en todos los ámbitos de la vida. Padres, amigos, parejas, terapeutas, profesores… todos tienen una opinión, una interpretación, una forma particular de ver la realidad. Sus palabras pueden enriquecer, ampliar perspectivas, ayudarnos a hacer preguntas importantes  o mostrarnos cosas que no vemos. Pero también es fundamental recordar que nadie mira desde un lugar neutro. Cada persona observa el mundo a través de sus propias heridas, creencias, miedos y experiencias.

Quien vive en conflicto consigo mismo tenderá a verlo y proyectarlo fuera. Quien se juzga con dureza, juzgará a los demás y verá el juicio en todas partes. Quien vive desde el miedo, verá amenazas constantes a su alrededor. Y todo eso condiciona la manera en que aconsejan, opinan o interpretan la realidad ajena.

Por eso, aunque la opinión de quienes queremos y respetamos tiene valor, solo es verdaderamente útil cuando suma, acompaña y nos ayuda a escucharnos mejor a nosotro/as mismo/as, aunque no siempre nos guste lo que escuchamos. Lo esencial es observar y trabajar la propia mirada, fortalecer la seguridad interna, para que ni el mundo ni los demás nos desestabilicen cada vez que cambian, giran o se transforman con los inevitables vaivenes de la vida. No para cerrarnos al mundo ni a otras perspectivas, sino para poder escucharlas sin perdernos en ellas.

Cuando uno tiene una base interna sólida, puede abrirse a lo nuevo con curiosidad y sin miedo a que la mirada ajena tambalee lo que es. Esa seguridad permite discernir qué suma y qué no, qué resuena y qué pertenece al mundo del otro. Y es precisamente ahí donde comienza una relación más sana con uno mismo y con los demás.

¿Recuerdas alguna vez en la que la opinión de alguien cercano te hizo dudar de ti mismo/a?

¿Qué habría cambiado si en ese momento hubieras confiado más en lo que sentías?