Una persona serena se siente.
No por lo que hace o dice, o por las ideas que defiende,
sino porque su actitud y su presencia transmiten tranquilidad y paz.
Su energía habla por sí misma.
Quienes inspiran serenidad no lo hacen porque no tengan momentos de lucha interna, inseguridades o miedos —por supuesto que los tienen—,
sino porque son más conscientes de ellos y eso les ha permitido
desarrollar una mayor capacidad para gestionarlos y aceptarlos
y desprenderse de ellos con mucha más rapidez.
Son personas muy conectadas consigo mismas: se sienten, se escuchan.
Por eso dependen menos de los estímulos externos;
no necesitan demostrar constantemente quiénes son para sentirse aceptadas,
ni ponerse a prueba una y otra vez para sentirse validadas.
Su forma de vivir refleja la coherencia entre lo que son, lo que hacen
y cómo se muestran a los demás.
Tal vez la serenidad no sea un estado muy valorado en la sociedad actual,
pero si tienes cerca a alguien que te la transmite,
no te fijes tanto en lo que dice o hace sino en como te hace sentir.
Probablemente te esté ayudando a conectar con una parte de ti que quizá aún no reconoces del todo.
La serenidad que percibes en esa persona es un signo de que vibra en AMOR.
Y ese amor es el que te recuerda que también está en ti, aunque quizás lo hayas olvidado.
SERENIDAD
Tiene que ver con la confianza que desarrollas en ti mism@.
Con la aceptación —que no es lo mismo que resignación—.
Con aprender a escuchar tus necesidades y a establecer tus límites.
También tiene que ver con la disminución del ruido mental:
la lucha interna se suaviza, la duda pierde fuerza,
y los pensamientos en bucle se diluyen.
La serenidad aparece cuando eres capaz de sostenerte en ti,
cuando puedes descansar en tu cuerpo,
y tu pisada se vuelve más firme y segura.
La serenidad es la huella de tu AMOR.