El valor de tu tiempo

El día a día te come y te da la sensación que no tienes tiempo y que siempre corres detrás de él. De alguna forma te has creído que el tiempo no es tuyo, sino que es de otros y que sin ser consciente, lo entregas de forma constante a los demás, los deberes y los tengo que es incluso a las actividades que te entretienen sin tener en cuenta tus propias necesidades.

Hace unos días, conversaba sobre este tema con una paciente. Una persona apasionada de su trabajo, que vive apagando fuegos y atendiendo clientes además de ser sociable y divertida. Me contaba, que a pesar de sentirse agotada, se obligaba a mantener una vida  social activa. «Aunque al principio me da pereza, después lo paso muy bien», me decía. Le pregunté: «¿Y cómo te sientes cuando llegas a casa?» Me respondió sin titubear: «Estoy agotada e insoportable.» Cuando te sientes así estás vacía y poco disponible, tanto para ti misma como para los demás.

La gran cuestión es porque te sometes a tal nivel de actividad. Una actividad que te relega al último lugar de tu  agenda, si es que al menos apareces en ella.  No te permites descansar, porque has decidido que no es importante, que puedes prescindir de ello sin problemas.

Y claro, el cuerpo acaba diciendo basta, a veces mediante ansiedad, taquicardias, agotamiento o incluso a través de caídas o enfermedades. A veces llega un médico  y un diagnóstico seguido de una baja. Hacemos una pausa a regañadientes, como si fuera una especie de «vacaciones forzadas», pero en cuanto podemos, volvemos a la carga.El problema es que muchas veces paramos porque la vida nos obliga, y casi nunca lo hacemos por decisión propia.  

Tu energía habla por ti, y si no te das permiso de parar de forma consciente y voluntaria dándote espacios, regalándote descanso, tranquilidad, momentos contigo mismo/a,  lo que le estás diciendo a la vida, al universo, es que no mereces parar. Y así, la vida seguirá poniéndote en situaciones donde es difícil hacerlo.

Sin embargo, cuando eliges enfrentarte al silencio y a la pausa, aunque al principio pueda resultar incómodo, algo empieza a cambiar. Tu energía transmite un mensaje distinto. Entonces, dejas de seguir el ritmo frenético del exterior y comienzas a crear el tuyo propio.

Aprendes a bailar con la vida a tu ritmo, respetando tus pausas y tu melodía, y con ello, empiezas a escribir tu propia historia. Una historia que no viene impuesta, sino que tú escoges.

El silencio del que huyes, en realidad, es tu mejor terapia.